CONFLICTOS DE CLASE MEDIA

por Leticia Pogoriles

Con una construcción narrativa que se enfoca en universos de una clase media porteña, sus conflictos y mandatos, la joven escritora Violeta Gorodischer traza a partir de los diez cuentos que componen su libro “Sueños a 90 centavos” una “radiografía del presente” anclada en una cotidianidad sin filtro que va desde el mundo del arte, pasando por el periodismo, los escritores, las redes sociales, la maternidad no resuelta y los retiros naturistas.
Nacida en 1981, licenciada en Letras y periodista, Gorodischer, que ya lleva publicados dos libros, la novela “Los años que vive un gato (Tamarisco) y la crónica “Buscadores de fe” (Planeta), se sumergió esta vez en los cuentos, un formato que le permitió explorar voces y temáticas bien diferentes entre sí manteniendo un tono, pero también elevando “un poco la apuesta para ser más experimental”, cuenta en diálogo con Télam.
El reto, esta vez, fue, además, trazar una literatura referencial, pero desde la unicidad de sus protagonistas con textos donde Gorodischer, sin barroquismo y con mucha frescura, utiliza guiños comunes en voces diversas contados con cierto humor trágico en situaciones disparatadas, pero no imposibles; donde sobrevuelan neurosis reconocibles y se anclan en preocupaciones cotidianas de gente que quiere deconstruir sus propios mandatos, todo bajo una atmósfera erótica apenas perceptible, por momentos, y descarnados, por otros.
Ganador del Premio Fondo Nacional de las Artes en 2013, “Sueños a 90 centavos” (Seix Barral) apuesta a lograr “un efecto de naturalidad que conlleva mucho esfuerzo a la hora de escribir y corregir infinitas veces. La libertad para mí es absoluta, pero hay que saber conjugar todo para que el efecto de lectura sea el de un texto llano, sin grietas, tersa y amigable”, dice Gorodischer.
–  Si tuvieras que definir un patrón común en estos cuentos ¿Cuál sería?
– Violeta Gorodischer: Hay varios temas que atraviesan el libro, pero diría que todos los relatos son como una radiografía del presente, de determinados sectores de la clase media porteña. Son cuentos de mucha actualidad, tal vez por mi oficio de periodista, tal vez porque esa es mi manera de mirar.
Cuando escribo me inspiro en los universos cotidianos, en lo que me rodea, desde el mundo del arte, hasta el del periodismo, los escritores, las redes sociales, las chicas palermitanas, los retiros naturistas. Alguien que respeto mucho me dijo que es una persecución literaria del presente, una suerte de “realismo postrealista”.
– Los personajes también parecen elaborados con guiño común…
– VG: Si bien describo escenarios muy contemporáneos, nunca pierdo de vista la construcción de los personajes, su psicología. Para mí eso siempre está antes que “el tema” y ahí también hay algo en común: son personajes retorcidos ante un mandato, interno o externo, entonces sacrifican por amor un lugar en la élite artística, se desesperan porque no logran escribir la crónica de una guerra inenarrable, buscan ganar premios literarios echando mano a todo lo que hay en el aire, se obligan a tener hijos antes de los 40, quieren salvar sus parejas mediante terapias alternativas o tratan de resistirse, en vano, a la vejez.
Y el erotismo también atraviesa a la mayoría. No sé si fui muy consciente de eso mientras escribía, pero varias personas me hicieron reparar en la tensión sexual que cruza a casi todos los personajes, de una forma sutil pero muy presente; creo que es algo intrínseco a cualquier persona, es un terreno donde se sublima todo, y a la vez hacerlo ingresar fluidamente en la historia funciona como una especie de contracara del uso más burdo y explícito de los best seller del momento.
– ¿Por qué decidiste trabajar con diversas voces?
– VG: Para despegar de la primera persona de mi novela y de las crónicas, pero también para jugar con el concepto del ‘yo’ en la literatura, y la supuesta autorreferencialidad que conlleva. Tal vez hubo un aluvión de novelas escritas en primera persona y de ahí la recurrencia al tema, pero lo interesante es el uso que cada uno le da a eso.
En este libro el ‘yo’ eclosiona en cada uno de los personajes, pasando de la primera a la tercera y dejando huellas autorreferenciales, algunas más evidente, como los que refieren al periodismo o la literatura, y otros más sutiles, como en el cuento “Antonio”, un viejo al borde de la muerte en donde también, por más lejano que parezca, es posible reconocer esas huellas.
– Otro elemento que surge es la maternidad no resuelta ¿Qué te atrae de esta temática, lo ves como algo recurrente en ciertos segmentos etarios y sociales?
– VG: El tema de la maternidad no concretada me interesa muchísimo en el sector social al cual pertenezco. Creo que las mujeres jóvenes, universitarias, con una carrera profesional sólida están -o estamos- atravesando un momento híbrido, un camino hacia un empoderamiento que se hace visible en posiciones muy firmes, en voces más claras o en el resurgir de ciertas teorías feministas pero que, sin embargo, todavía tiene grietas muy palpables en los microuniversos que atravesamos día a día.
En el ámbito laboral, en la imagen que queremos dar al mundo, son muy evidentes los ecos de una cultura machista que dan como resultado ciertas paradojas. De pronto hay chicas muy jóvenes, exitosas en sus carreras, que están congelando óvulos para poder ‘cumplir con todo’, para responder al mandato laboral, al de la maternidad, la pareja y la perfección estética.
Hay algo muy interesante y muy magmático aún en este proceso y lo quise reflejar en cuentos como “Mamushkas”, que es exactamente eso, una diseñadora de Palermo en una lucha cuerpo a cuerpo contra el reloj biológico, o en “Un novio para Rita”, donde el conflicto de los hijos, no resuelto dentro del marco de la pareja, se desplaza a la pobre perra Rita.
– La pareja como sí­mbolo de la incomunicación aparece de forma potente, ¿el no poder comunicarse con el otro es un eje o una constante de las relaciones contemporáneas?
– VG: La pareja como símbolo de la incomunicación atañe a estos universos particulares, a estas historias, eso les da el peso que tienen casos como el del cuento “Pelopincho”, donde el diálogo es directamente imposible o “Retiro naturista”, donde la salida a la crisis y la falta de conexión se busca en una espiritualidad new age que enrarece todo. Pero eso ocurre más bien en mi literatura; fuera de ella hoy vivo la pareja como un refugio, un lugar que es todo lo contrario pero que no ‘rinde’ a nivel literario porque no suelo comprar historias con final feliz.
– Justamente tus finales son lo contrario a felices o no son cerrados, ¿Cuál fue la decisión en ese sentido?
– VG: Los finales son diferentes entre sí, aunque la premisa siempre es que no me gustan las historias con una única dirección de lectura. Me gusta dejar que el lector decida, que se involucre en los destinos posibles de los personajes. Algunos, de todas formas, son un poco más efectivos por la sorpresa o el remate humorístico. Otros, en cambio, trabajan con la sutileza y con la posibilidad de establecer varias lecturas posibles de una misma historia.