CONADEP

 ¿QUÉ ES LO QUE HAN HECHO CON LOS DESAPARECIDOS?

Por Elsa Maluenda

Cuando asumió Raúl Alfonsín en diciembre de 1983 terminó la etapa más oscura y vergonzosa de la historia argentina. Hoy no es necesario enumerar los crímenes cometidos por la Dictadura militar, y eso se debe en parte a la labor de la CONADEP, cuya misión fue comenzar a enumerar el horror, cifrar el espanto, ponerle nombre y apellido a todas esas personas a las que el general Videla había reducido a “incógnitas, sin entidad”.

Un paneo por fotos y videos de los que imperó el terrorismo de Estado produce escalofríos y esa resonancia en el cuerpo es un puente que conecta con los recuerdos.

La hermana de una compañera del secundario secuestrada, los libros quemados, enterrados o tirados, las requisas en cualquier medio de transporte público, las armas que asomaban por las ventanillas de algunos automóviles, el exilio de cantantes, actores, escritores, dirigentes políticos y gremiales, las películas prohibidas o cercenadas hasta volverlas incomprensibles, la ominosa marchita del mundial 78, la nobleza de los jugadores del seleccionado holandés de futbol que un jueves hicieron la ronda a la pirámide junto a las Madres de la plaza y que no participaron de la ceremonia de premiación.

Y al año siguiente mientras la Comisión Interamericana de Derechos Humanos recibía a los familiares de desaparecidos en las oficinas de Avenida de Mayo, en pleno centro porteño, hubo quienes decidieron pegar en los parabrisas de sus autos la calcomanía con la leyenda “los argentinos somos derechos y humanos”.

Tan derechos y humanos somos que le hacemos caso al “relator de América” y aprovechamos el festejo del campeonato mundial de futbol juvenil conquistado por la selección nacional en Japón, para pasar frente a esas oficinas a insultar a los que allí esperan para hacer sus denuncias.

“Vayamos todos a la Avenida de Mayo y demostrémosle a los señores de la Comisión de Derechos Humanos que los argentinos no tenemos nada que ocultar”, dijo sin ningún pudor aquel relator y muchos le hicieron caso y muchos fueron también a Plaza de Mayo para aclamar a Videla, que salió al balcón y mostró sus pulgares en alto.

Pero la impunidad llegó a su fin, tuvo una muerte anunciada que comenzó a gestarse durante esos tristes días del invierno de 1982, en una guerra que condenó a muerte a miles de jóvenes y finalmente, con la democracia, cuando la CONADEP empezó a escribir una parte de la historia que estaba oficialmente oculta.

Entonces aquella consigna, aquel canto desgarrador coreado en tantas marchas: “¿Qué es lo que han hecho con los desaparecidos?” empezó, gradualmente a tener respuesta. Conocimos los nombres de víctimas y victimarios, llegó la hora de los juicios y las condenas, también de la restitución de la identidad a los hijos apropiados y la identificación de los restos de esos hombres y mujeres que, no sólo fueron asesinados sino que se los redujo a puro desecho sin nombre, sin sepultura y sin lápida.

En la carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar del 24 de marzo de 1977, leemos: “…lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades”.

Años después en las conclusiones que redactó la CONADEP y que están publicadas en el informe “Nunca Más”, las palabras del escritor y militante desaparecido resuenan en la frase siguiente: “Esta comisión sostiene que no se cometieron “excesos”, si se entiende por ello actos particularmente aberrantes. Tales atrocidades fueron práctica común y extendida y eran los actos normales y corrientes efectuados a diario por la represión”.

Tan normales y corrientes como la declaración del general Ibérico Saint Jean parafraseando en clave de horror a Bertolt Brecht: “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores, después a los indiferentes y por último a los tímidos”. Semejante propósito, que de haberse cumplido a la letra hubiera dejado al país habitado sólo por los militares y sus acólitos, se concretó también a través de una construcción propagandística burda y descarnada, que replicaba las mismas amenazas proferidas por los mandamases.