ANTONIO BERNI: TODO ARTE ES POLÍTICO

   Por Elsa Maluenda

Un domingo de julio de 1997 11.500 personas pasaron por las salas del Museo Nacional de Bellas Artes y 500.000 en total vieron la exposición que se llamó simplemente “Antonio Berni”. Algún domingo, tal vez ése que fue record de asistencia, recorrí la muestra y recuerdo rostros emocionados, palabras plenas de entusiasmo, gestos de sorpresa, manifestaciones de alegría y, por sobre todo, el respeto y la devoción de cada uno de esos hombres, mujeres y niños que se agolpaban frente a cada obra.

Había que esperar pacientemente para verlas un poco más de cerca, para captar algún detalle, para reconocer la marca comercial inscripta en un trozo de lata corroída por el tiempo. Esa lata que la mano del artista recogió de la basura para dotarla de otros sentidos, para transformarla -al modo Duchamp- en otra cosa que un desecho, esa lata que está allí formando parte de los cuadros, las esculturas, los grabados; porque esa lata también era, es, el material de construcción usado en las casas de “Villa Tachito” y en cada barrio humilde habitado por cientos, miles de niños tan iguales y tan diferentes a Juanito Laguna.

Juanito es, en palabras de Berni, “un símbolo que agito para sacudir la conciencia de la gente”. Una conciencia adormecida a la que Berni interpela con sus poderosas imágenes exentas de ambigüedad y desde los títulos cargados de ironía. “La conspiración del mundo de Juanito Laguna trastorna el sueño de los injustos”, quizás uno de los más irónicos porque ¿de qué manera podían conspirar aquellos que casi no tenían ni tienen voz?, esos que habitan la periferia de las grandes ciudades y que con su presencia nos muestran a diario que el sueño de los injustos no parece registrar ningún sobresalto. Tampoco se sobresaltó aquel oficial nazi que viendo el “Guernica” en el estudio de Picasso en París le preguntó despectivamente: “¿Usted hizo esto?” Conocemos la categórica e inapelable respuesta del malagueño: “No, lo hicieron ustedes”.

Con idénticas palabras podría responder Berni si lo interrogaran acerca del origen de Juanito, de Ramona Montiel o de esos retratos colectivos donde habitan para siempre las víctimas de la “década infame”. Esa “tremenda realidad que rompe los ojos” y que él recreó en los murales móviles “Desocupados”, “Manifestación” y “Chacareros”, iniciando el Arte Político en Argentina.

Creador de un estilo al que denominó “Nuevo Realismo”, dotó a cada uno de sus personajes de una identidad propia, de una mirada que nos obliga a deponer la nuestra. Están allí para avergonzarnos; no son anónimos, tienen nombre y apellido, como nosotros. Nosotros como ellos, expuestos a renovadas formas  de segregación, de manipulación.

Hoy,  nuevos monstruos, como los que cobraban vida en las pesadillas de  Ramona, se reproducen, se travisten para perpetuarse y para recordarnos que los alimentamos, que su repulsiva carnadura, que su sordidez y voracidad también son nuestras. El hombre crea sus propios dioses y sus propios monstruos, algo de esto nos señala una y otra vez la obra de este creador único al que hace treinta años la muerte, esa que acecha en cada esquina, lo encontró entre las paredes de su taller.

En 1935 el jurado del Salón Nacional rechazó “Desocupados” y con ese acto no rechazó solamente un cuadro, rechazó una realidad tan evidente e insoportable que no podía tener lugar en las paredes de una sala de exposición. Actualmente esa obra forma parte de la

Colección Permanente del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Y allí fue, durante las vacaciones de invierno, una mujer con su hija de seis años, la niña que cuando la maestra preguntó “¿Qué querés ser cuando seas grande?”, contestó: “Quiero ser pintora y vender mis cuadros”.

Ella llevaba a su mamá de la mano por las salas del Malba buscando a Juanito Laguna. Ella es una nena tan parecida y tan diferente a Juanito, ese niño que está en la calle, todavía, a esta hora, exactamente.