ADIOS A UN IMPRESCINDIBLE

El actor, director teatral y docente Juan Carlos Gené,  fue un nombre fundamental de la escena nacional. Quien haya visto su canto del cisne, la puesta de “Bodas de sangre”, de Federico García Lorca, que había subtitulado “Un cuento para cuatro actores” y en la que también actuaba, habrá entendido esa forma total de comprensión del teatro que pocos directores poseen.

Esa capacidad lo condujo a una carrera en la que se comprometió con la actuación, la dirección y la docencia, y le granjeó una popularidad que a su pesar provino de la TV, donde como miembro del “clan” Stivel libretó “Cosa juzgada”, una serie de unitarios que delataban su conocimiento del asunto legal.

En diferentes épocas de su vida fue secretario general de la Asociación Argentina de Actores, director general del Teatro General San Martín, director de Canal 7 y hasta sus últimos días titular local del Celcit (Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral).

Gené había nacido en esta Capital el 6 de noviembre de 1929 y luego de cursar la primaria en una escuela religiosa y la secundaria en el colegio Mariano Moreno, hizo tres años de Abogacía hasta que descubrió que no era lo suyo.

Sin embargo, la facultad lo vinculó con el teatro y en concordancia con Duilio Marzio y el recordado Roberto Durán emprendieron un espectáculo que al principio pensaban reservar a la experimentación y finalmente presentaron en el desaparecido teatro Comedia.

En 1953, por estímulo de su hermano Enrique y junto a Durán actuó en “Dulcinea”, una adaptación del texto cervantino en el que interpretaba el rol de Sancho Panza, ya que en aquella época “tenía 30 kilos más que ahora”, dijo en 1971.

Poco tiempo después, en 1954, estrenó en el ex Teatro de la Luna “El herrero y el diablo”, que fue su caballito de batalla y disfrutó de varias versiones propias y ajenas, además de consagrarlo como un dramaturgo a tener en cuenta.

Sobre su tarea, en una antigua nota de Télam señaló: “Estoy convencido de que (el teatro) es la única disciplina que permite la vida total del ser humano; a eso se debe su permanencia en el tiempo a pesar de todas sus crisis”.

En 1976 la situación política del país lo llevó al exilio, primero en Colombia y luego en Venezuela, donde dirigió y actuó, pero abandonó la enseñanza: “El exilio crea un serio problema de identidad y yo no me sentía capacitado para enfrentar a un grupo de jóvenes y orientarlos, porque el primer desorientado era yo”.

Volvió varias veces a la Argentina y en 1992 se estableció definitivamente, en ocasión del estreno de “Historias bajo la mesa”, protagonizada por Pepe Soriano y, desde entonces, ya asentado en sus raíces, recuperó su capacidad didáctica, lo que le atrajo la concurrencia de numerosísimos jóvenes, incluso del exterior.

En su carrera escénica se lució como actor en “Rinoceronte” (1963), “Volpone o el zorro”, “El sueño y la vigilia”, “Copenhague”, “Espía a una mujer que se mata”, “Todo verde y un árbol lila”, y la citada “Bodas de sangre”.

Sus trabajos de dirección se mezclan con sus autorías y abarcan “Golpes a mi puerta”, “Ulf”, “Ritorno a Corallina”, “Memorial del cordero asesinado”, “El sueño y la vigilia”, “Factor H: Moscú”, “Hamlet”, “Factor H: Williams Hnos SA”, entre muchísimos emprendimientos.

Su carrera como actor cinematográfico comenzó en “Tute cabrero” (1968), de Juan José Jusid, y continuó con “La fiaca” (1969), “Tiro de gracia”, de Ricardo Becher, “Don Segundo Sombra”, de Manuel Antín, “Paula contra la mitad más uno”, de Néstor Paternostro, “Los hijos de Fierro”, de Fernando Solanas, y “Quebracho”, de Ricardo Wullicher, en tiempos previos a la dictadura.

Veinte años después volvió ponerse delante de las cámaras argentinas con “Golpes a mi puerta”, de Alejandro Saderman, cuyo guión se basaba en una obra suya, y también se lo vio en “Angel, la diva y yo” y en “Las manos”.

Dobló asimismo el personaje del Juez de Paz en el dibujo animado “Fierro”, de Liliana Romero y Norman Ruiz, y puso la voz en off de “Revolución, el cruce de los Andes”, de Leandro Ipiña.

Es difícil reseñar la trayectoria de un hombre como Gené, que vivió para crear por encima de todos los géneros, que desarrolló varias disciplinas, y que, encima, era un conversador de raro encanto y una elocuencia sobrecogedora.