TODO PIOLA

por Héctor Puyo
El desnudo es un desafío y también un elemento esencial en la estética de “Todo piola”, que representó a Capital Federal en la 31a. Fiesta Nacional del Teatro, que finaliza el domingo, y la polémica “Blanco”, de San Luis, que suscitó no pocas discusiones entre la crítica y sus intérpretes.
La primera, estrenada en 2015 en el porteño Teatro del Abasto, es un manifiesto juvenil, pansexual, por momentos atrapante, a partir del poema homónimo de Mariano Blatt, al que se puede ver en un video de Youtube bastante viralizado.
La pieza de Gustavo Tarrío (“Lo que yo tuve”) es fruto de la colaboración con el actor Eddy García en la búsqueda de darle forma escénica a aquel poema y a las intervenciones de la actriz y bailarina Carla Di Grazia, una de las mujeres de “La Wagner”, y la cantante Guadalupe Otheguy.
Trabajo a todas luces experimental, pone a García como a un muchacho de barrio apenas salido de la adolescencia en un juego erótico con otro varón, amigo imaginario que da cabida a diálogos verdaderamente jugosos a partir del habla popular.
La consigna que se repite es “¿Todo piola?” “Todo piola.” “¿Qué hacías?” “Nada, acá, tranca, ¿vos?” y es el disparador de varios pasajes -¿escenas?- en la que la vida de esa juventud sin barreras corre sin mayores expectativas ni dificultad.
Eso sucede en el encuentro imaginario de García -un actor con muchísimo futuro si la suerte lo acompaña- con su amigo, sobre la base de un lenguaje procaz y naturalizado, del mismo modo en que esa relación homosexual se manifiesta sin los tapujos ni los sobreentendidos de antaño.
Todo es tan explícito en ese vínculo como el que luego se establece con Di Grazia, donde el juego de seducción da lugar a momentos de fuerte emotividad y donde la poesía adquiere ese punto mágico y creativo que no siempre se alcanza al pasar un poema al escenario.
Es allí donde el semidesnudo de los protagonistas se desata y termina en desnudo total, con simulaciones de coitos y otras variantes sexuales, aunque es difícil ver en esas acciones un sesgo vulgar, ni siquiera frente a un público como el de la Fiesta del Teatro, cuyos asistentes no deben ser en su mayoría espectadores frecuentes.
La pieza tiene un aporte muy firme en la música y el canto de Otheguy, que ofrece un distanciamiento que agrega romanticismo al contacto físico entre los personajes, así como la coreografía de Victoria Leanza condensa una acción en apariencia quebrada en una estética disfrutable.
Quien también apareció por la Fiesta fue Laura Oro, miembro del grupo Tánatos Teatro, de la provincia de San Luis, dramaturga e intérprete de “Blanco”, un unipersonal que con el que descubre la alienación de una mujer de alrededor de 30 años en función de la educación recibida.
Con un físico francamente escultural, Oro permaneció algo más de una hora en completa desnudez en el interior de un cubo transparente y a pocos centímetros del público, declamando las dificultades del vivir y la femineidad, en algo que algunos definieron como una afirmación feminista que escondía un fondo machista.
Eso es lo que se discutió al día siguiente en el Espacio de Devoluciones, donde críticos especializados, teatreros y público general dieron sus opiniones, algunas muy duras en cuanto a lo artístico, y en el que Oro y su director Mauro Cuello supieron capearlas.
Fueron varios los que atacaron al dúo por el discurso del texto y las dificultades técnicas de la actriz -su voz se hacía inaudible al final de algunas frases-, aunque varias de las mujeres presentes manifestaron su admiración por su físico, sin especificar que un cuerpo desnudo en escena deja de ser perturbador o excitante al cabo de unos minutos y se transforma lisa y llanamente en un elemento estético.